Por Martín Acevedo
Los argentinos optaron por el verdugo. En una muestra de civismo enloquecido convalidaron en las urnas el poder de un personaje que está más cerca de encarnar a un antagonista de Batman que a un estadista capaz de encaminar al país hacia el desarrollo.
Pero, al contrario de las primeras impresiones y de la consternación, esto no es producto del azar ni de la locura. Este triste y célebre remedo del Guasón fue instalado por los medios hegemónicos como una voz autorizada en economía. Desde el 2016, las pantallas se dedicaron a darle entidad a los dichos de este nuevo panelista, que mezclaba aparentes tecnicismos con analogías simples y llanas que ya anidaban en el sentido común de las mentes más simples, entre ellas la típica equiparación falaz de las finanzas hogareñas con las del Estado, con solo mencionar que ningún hogar puede tener su propia moneda, cualquier argumento en ese sentido se cae.
Esto se suma a una campaña de desprecio a la industria nacional, y a lo nacional en un sentido más amplio, que comenzó y se instaló durante la última dictadura militar. Una propaganda oficial, a instancias de las políticas neoliberales de Martínez de Hoz, fomentaba la compra de productos importados y mostraba la supuesta mala calidad de una silla de fabricación argentina.
Tampoco se trata de circunstancias excepcionales. Otra potencia agrícola, como nuestro país, es gobernada por un mediático que prometió acabar con su casta política y hoy se enfrenta al desmembramiento de su territorio, la entrega de sus recursos naturales. Y no podemos soslayar que el trágico proceso se dio bajo el amparo de Estados Unidos.
A pesar de nuestra sorpresa, el factor económico puede no ser determinante. Como advierte el sociólogo brasileño Jessé Souza en El pobre de derecha, lo que está en juego es una herida moral profunda, producto de décadas de humillación estructural, no solo sobre nuestra identidad nacional, sino también sobre la individualidad de los trabajadores. No se trata solo de pobreza material, sino de un desprecio sistemático hacia los sectores populares, que se expresa en la estigmatización cultural, el racismo simbólico y la exclusión cotidiana.
Souza sostiene que el neoliberalismo no solo empobrece, sino que humilla. Y esa humillación, lejos de generar conciencia de clase, puede ser capitalizada por discursos autoritarios que ofrecen una reparación simbólica: el pobre vota por quien lo hace sentir fuerte, aunque lo perjudique materialmente. Se identifica como “gente de bien” frente a sus vecinos que, excluidos del mercado laboral, son señalados como “vagos”. En ese sentido, el personaje mediático que hoy ocupa el poder encarna una figura de revancha emocional, más cercana al Guasón que a un estadista, pero eficaz en canalizar el resentimiento social.
La derecha radicalizada no ofrece soluciones, sino enemigos. Construye un relato donde el Estado, los trabajadores organizados, los intelectuales y los movimientos sociales son presentados como amenazas. Así, el votante humillado encuentra en el verdugo una forma de afirmación: castiga a quienes percibe como responsables de su sufrimiento, incluso si eso implica votar contra sus propios intereses.
Este proceso no es exclusivo de Argentina. Como señala Souza, Brasil vivió una dinámica similar con la llegada al poder de figuras mediáticas que prometían acabar con la “casta” y terminaron entregando el país a intereses extranjeros. En ambos casos, el voto popular fue capturado por una narrativa de odio, simplificación y falsa moral, legitimada por medios hegemónicos que operan como dispositivos de disciplinamiento cultural.
Lo trágico no es solo el resultado electoral, sino la fractura simbólica que lo precede: el desprecio por lo nacional, por lo colectivo, por lo público. Una fractura que se inició con la dictadura, se profundizó con el neoliberalismo y hoy se consagra en las urnas bajo el disfraz de libertad.
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